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Transición y democracia

En el periodo que comienza tras la muerte de Franco (20 de Noviembre de 1975) y llega hasta nuestros días se ha producido una fuerte aceleración histórica que ha modificado profundamente la fisonomía de Málaga

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Cabeza de la manifestación en defensa de la democracia tras el 23-F

La democracia devolvió la política al primer plano de la vida local y nacional con el inicio del proceso ejemplar de la Transición, en el que los malagueños respaldaron con su voto decisiones trascendentales como la Ley de Reforma Política (1976), la Constitución (1978), la Autonomía de Andalucía (1980) y el Ingreso en la OTAN (1986). Además, se recuperaron los partidos políticos y organizaciones sindicales como instrumentos básicos de participación política y social, y las sucesivas elecciones fueron marcando el rumbo de la política en sus respectivos niveles. 

Los cambios económicos 

En los veinticinco últimos años del siglo XX se ha producido la más profunda transformación de la estructura productiva y de la mejora de los niveles de renta y bienestar de toda la historia de la provincia. 

En plena crisis económica de los setenta, la distribución del producto interior bruto malagueño, aunque ya reflejaba los avances turísticos de la década anterior -en torno al 65% del valor añadido lo aportaban la construcción y los servicios-, todavía disponía de un sector primario que representaba al menos una cuarta parte de todo el producto provincial, un porcentaje que apenas se había reducido desde mediados de los años cincuenta. Un raquítico sector industrial, fuertemente golpeado por la crisis de comienzos de la década, completaba una situación en la que persistían los factores de desequilibrio impuestos por el modelo desarrollista del último franquismo. 

Veinte años más tarde Málaga se ha convertido definitivamente en una provincia "terciarizada" (nada menos que un 85% del valor añadido lo aportan la industria de la construcción y los servicios), "desindustrializada (si tenemos en cuenta que la industria ni siquiera supone un 10% de toda la actividad productiva), y donde definitivamente parece haberse producido la modernización agraria, al menos en lo que se refiere al proceso de expulsión de mano de obra campesina -un 8% de toda la población activa provincial-, aunque paralelamente el sector reduzca considerablemente su participación en el producto provincial, que en la actualidad apenas representa un raquítico 5%. 

Además, un considerable avance de las infraestructuras terrestres (la autovía del 92 cruza el norte de la provincia, mientras el eje transversal de la autovía Málaga-Córdoba muere por ahora en Antequera; al tiempo que las rondas y la autovía del Mediterráneo contribuyen a conformar en estos años el gran área metropolitana malagueña) y aéreas (la nueva terminal del aeropuerto, inaugurada en 1992), permiten consolidar la importante oferta turística provincial.

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Adolfo Suárez rodeado de simpatizantes, en un congreso de la UCD en Málaga (1980)

Los factores anteriores, marcadamente positivos, no deben ocultar, sin embargo, la existencia de notables carencias y desequilibrios internos. El primer dato a retener debe ser el de la posición relativa de la producción provincial bruta per cápita, que cuando se iniciaba el último cuarto de siglo llevaba a Málaga al lugar 35 -de las 50 provincias españolas-, mientras que a mediados de esta década, y a pesar de todas las transformaciones productivas señaladas, la aleja todavía más, hasta situarla en las últimas posiciones: nada menos que en la 43, sólo delante de otras cuatro provincias andaluzas -Córdoba, Jaén, Cádiz y Granada-, Lugo, Albacete y Badajoz. 

Tampoco las evidentes mejoras en los niveles de renta por habitante de los malagueños han supuesto una corrección sensible de las distancias existentes con otras provincias, mientras que el extraordinario crecimiento del sector terciario, ha intensificado los movimientos migratorios interior-costa, y con ellos un balance demográfico y económico cada vez más favorable al litoral.

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Primer mitin de Felipe González en la capital, acompañado de Rafael Ballesteros (1977) 

La evolución política 

De las tres etapas que componen este período histórico, la de la UCD (1977-1982), la del PSOE (1982-1996) y la del Partido Popular (en curso desde 1996), la primera fue, sin duda, la más conflictiva. En Málaga se agudizaban los problemas derivados de la crisis económica de los 70: la provincia figuraba a la cabeza de los niveles de paro nacionales, con una fuerte conflictividad laboral y una elevada inseguridad ciudadana. Además, algunos sectores franquistas ultraderechistas se mostraban todavía activos y reticentes a aceptar los cambios, tratando de desestabilizar la convivencia democrática. El gobierno de la UCD sufrió los efectos de la inestabilidad política y social, la tremenda ofensiva del terrorismo de ETA y el GRAPO, cuyos atentados alcanzaron a la ciudad y la Costa del Sol, produciendo un dramático goteo de policías y guardias civiles naturales de la provincia, asesinados en el País Vasco, y la acción de los sectores involucionistas del Ejército y las Fuerzas de Seguridad, que conspiraban contra la democracia, y acabarían protagonizando la intentona golpista del 23 de febrero de 1981. El electorado malagueño se inclinó desde el principio mayoritariamente por la izquierda, y en particular por el PSOE, que ganó las primeras elecciones municipales (1979) gobernando en coalición con el PCE y el PSA. Si la democracia no era inédita en Málaga antes de 1975 como se ha visto, la existencia de un Gobierno autónomo andaluz, a cuya sede aspiraron Ronda y Antequera, es la gran novedad de la Transición. Precisamente fue la actitud discriminatoria de la UCD hacia el proceso autonómico andaluz una de las causas de su derrota política en España. 

El triunfo en las autonómicas y generales de 1982 completó el poder del PSOE en todas las instituciones malagueñas. La gestión socialista supuso un salto adelante en la modernización de la ciudad y la provincia, especialmente relevante en lo que se refiere a infraestructuras, equipamientos, política social y política cultural. Con una oposición desorganizada y en crisis a su izquierda y derecha, y una disposición democrática del poder sin parangón en el siglo, la década de los 80 deparó unos niveles de bienestar social y económico que equiparaban por primera vez al país a los países de la Comunidad Europea. La moderación del PSOE, sin embargo, provocaría el alejamiento progresivo de sectores sociales que le habían sostenido electoralmente, como la juventud estudiantil, y el mundo sindical, este último abiertamente enfrentado al gobierno socialista en la gran Huelga General de diciembre de 1988.

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Las nuevas infraestructuras consolidan la oferta turística

El PSOE empezó a acusar el desgaste del ejercicio del poder entonces, con la aparición de los primeros casos de corrupción en 1990 y con su propia crisis interna. En 1991, en Marbella, una iniciativa entre populista, empresarial y autoritaria, llevó al ayuntamiento a Jesús Gil. El Partido Popular, que había renovado su personal y su discurso político en una larga travesía del desierto, ganó las elecciones europeas y autonómicas de 1994 en Málaga. Su triunfo de 1995 en las municipales de la mano de Celia Villalobos -la primera mujer alcaldesa de la ciudad-, y la llegada al gobierno de la nación de José María Aznar un año después abrieron una nueva etapa histórica de dominio de la derecha, aunque la Junta de Andalucía seguía en manos del PSOE. La coalición Izquierda Unida disfrutó entonces de su mejor momento electoral en las autonómicas de 1994, y en las municipales de 1995, donde el carismático Antonio Romero se colocó en el segundo lugar por encima del PSOE de Eduardo Martín Toval. 

La política estuvo presidida por la tensión entre la Junta de Andalucía (PSOE) y el Ayuntamiento, la Diputación y el gobierno central (PP). En las municipales de 1999 Celia Villalobos llevó al PP a la mayoría absoluta en el ayuntamiento y el PSOE inició su recuperación.

 
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