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Turismo y especulación en la Málaga del desarrollismo
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Playamar está considerada como una muestra del boom inmobiliario de la Costa

Dos acontecimientos migratorios de signo contrapuesto marcan los años del desarrollismo en Málaga: la emigración de trabajadores a otros países europeos y a Cataluña y el turismo.

Este segundo elemento marcaría la vida económica de la provincia desde entonces, hasta el punto de convertirse en uno de los motores de su crecimiento en las décadas de este final de siglo.

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Vista aérea de Torremolinos en 1957 los setenta, donde se aprecia una 
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y la misma zona a finales de los ocupación intensiva del suelo 

La gran transformación del litoral malagueño se produjo, como es sabido, a lo largo de los años sesenta y primeros setenta. Algunas cifras pueden dar idea de la envergadura de un fenómeno -la invención de la Costa del Sol- que tuvo profundas implicaciones demográficas, económicas y medioambientales. Entre las primeras, un acusado desequilibrio en el crecimiento y la localización de la población provincial: así, mientras que el conjunto de la provincia creció a un ritmo anual del 1,1% entre 1960 y 1975, la capital lo hizo al 2,1% y el litoral nada menos que al 7,2%. En términos cuantitativos, ello supuso el estancamiento de los municipios del interior -afectados además por fuertes movimientos migratorios- y un incremento demográfico sin parangón en toda su historia, de las localidades costeras que, como Benalmádena, Fuengirola o Marbella, llegaron a triplicar o cuadriplicar su población entre ambas fechas: la primera, pasando de 2.700 a 15.000 habitantes; la segunda de 8.000 a 25.000 y la tercera de 12.000 a 55.000.

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Puero deportivo de Fuengirola

Efectos de arrastre sobre la economía malagueña 

En cuanto a las repercusiones económicas y sociales, las más importantes se manifestaron cuando el mercado de trabajo mostró una orientación hacia el terciario, y dentro de él hacía aquellas ramas de actividad más ligadas con el sector turístico: hostelería y restaurantes; transportes y comunicaciones y alquiler de inmuebles. Asimismo, se produjo una creciente participación en el valor añadido (VAB) provincial del sector de la construcción, así como del hostelero y restaurador, acorde con el significativo aumento de este tipo de servicios que se produjo en aquella década. Las cifras disponibles no dejan lugar a dudas sobre las dimensiones de esta transformación: en 1962, el sector terciario representaba un 46% de todo el VAB provincial, mientras que ocho años más tarde ese porcentaje ascendía ya al 62%; una participación situada doce puntos por encima de la media nacional, donde las actividades terciarias suponían algo más del 50% del producto interior bruto en ese año de 1970. 

Sin duda, el turismo fue el gran responsable de este fenómeno de especialización, que impregnó también a las industrias complementarias y terminó afectando a los propios comportamientos y usos sociales.

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El turismo propició el fuerte desarrollo de la hostelería 

Desvertebración territorial 

Sin embargo, no deben minimizarse los costes de un modelo de crecimiento como el que caracterizó al sector turístico malagueño en los años del desarrollismo. En primer lugar, supuso un salto cuantitativo en el proceso de desvertebración que a nivel territorial -progresivo despoblamiento de las comarcas del interior; acelerado crecimiento de la capital y de las zonas del litoral- venía afectando a la provincia al menos desde finales del siglo XIX. Y un creciente desequilibrio que no sólo tenía consecuencias demográficas sino también repercusiones en términos de renta por habitante, entre un litoral altamente urbanizado y con una dotación de equipamientos y servicios relativamente mucho mejor que la de un interior agrario, suministrador de mano de obra escasamente cualificada y con unas infraestructuras mucho más precarias. La obligada especialización resultó además, en muchos casos, traumática. En el litoral, la transición del modelo agrario imperante hasta los años sesenta, a otro, especialmente voraz en el consumo de suelo, se realizó con rapidez y a costa sobre todo del suelo cultivado, por sus condiciones orográficas el más adecuado a las exigencias urbanísticas de la nueva ocupación del espacio. Escasamente respetuosos con el medio ambiente, los intereses especulativos dominaron sobre el antiguo terrazgo, que fue eliminado en beneficio de la nueva y lucrativa actividad. 

El proceso afectó también al suelo urbano, destruido y sustituido por una ocupación intensiva y en altura que antepuso intereses de rentabilidad inmediata, ajenos a cualquier tipo de preocupación medioambiental. La administración -ni la central ni las distintas corporaciones locales- se preocupó en controlar una actividad generadora de recursos: divisas para el Estado, alivio del mercado de trabajo, mayores ingresos para los ayuntamientos, y todo ello con unos costes no evaluados en el corto plazo ni tampoco sujetos, por la situación política del momento, a la crítica de colectivos afectados o sensibilizados por los costes del modelo de crecimiento adoptado. 

En esas condiciones, la planificación, que pese a todo existió en forma de normativas, documentos y planes de actuación de nombres pomposos y aplicación nula (entre otros el "Proyecto de Ordenación de la Costa del Sol" de 1961 o el "Plan de Promoción Turística de la Costa del Sol"), sólo sirvió para justificar y sancionar ante la opinión pública el triunfo de un determinado modelo económico en el que los intereses especulativos inmobiliarios siempre estuvieron por encima de cualquier otro tipo de consideración.

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