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Encuentro con el escritor Lorenzo Silva en torno a su novela
"El nombre de los nuestros"

Transcripción de la conferencia - 2

Lorenzo Silva

Cuando veas a Guillermo, por favor, dale las gracias que ya se las daré yo también por esta presentación, en una distancia tan próxima como la que ha acertado a escribir.

Presentar esta novela aquí es casi forzoso porque, como decía Guillermo en su texto, el novelista Lorenzo Silva ha escrito esta novela porque es nieto de otro señor, que también se llamaba Lorenzo Silva y que era de Málaga. A lo largo de los años decidió irle contando a sus hijos algunas de las cosas que vivió en ese episodio en el que no eligió estar, en ese episodio al que le enviaron a la fuerza como a tantos otros. No eligió ir pero sí eligió quedarse. Fuera como fuera, todas aquellas experiencias o alguna parte de ellas, mi abuelo se las contó a mi padre y mi padre me las contó a mí.

No tuve la oportunidad de escuchar mucho a mi abuelo porque murió cuando yo tenía cinco años –como muchos de los que están aquí saben bien- pero mi padre sí me transmitió muy vívidas aquellas historias africanas de su padre. Mi abuelo no lo contaba todo, elegía lo que contaba y había cosas que deliberadamente no le contaba a sus hijos. Algunas de esas cosas que mi abuelo no contaba, mi padre las aprendió de boca de otros, de compañeros suyos. Mi abuelo contaba las cosas deliberadamente bélicas porque aquella fue una guerra demasiado horrible para contársela íntegra a tus hijos. Posiblemente por eso mi abuelo se callaba cosas. Pero mi padre consiguió reconstruir bastantes de los hechos que mi abuelo vivió y muchos de esos hechos han acabado estando en este libro.

Cuando a mí me preguntan por qué he escrito una novela sobre Marruecos, suelo decir que la primera razón es porque Marruecos -que para casi todos los españoles, para casi toda la gente de mi generación y de mi país es una realidad que no podemos eludir porque la tenemos ahí al lado, pero a la que en gran medida se le da la espalda- para mí ha sido una realidad muy presente, que forma parte de mi imaginario personal desde la infancia precisamente. Por eso era casi inevitable que me vinculara a esta historia. No para escribir una novela sobre ella porque eso ya forma parte de otro proceso un poco más largo y complicado. En ese proceso influyeron también otros estímulos. A mí me empezó a estimular Marruecos porque era el lugar donde mi abuelo vivió esas aventuras que me contaba mi padre. También porque la familia de mi madre estableció un vínculo con Marruecos: mi tía se casó con un marroquí y yo tengo dos primas marroquíes. Todo esto me hizo no ser indiferente a este país y por eso leía todas las cosas que caían en mis manos sobre Marruecos. A partir de ahí, descubrí que Marruecos –esa guerra sobre la que casi nadie sabía mucho- había sido curiosamente una historia que había dado lugar a algunos de las mejores novelas del siglo XX y además escritas por personas que la vivieron. Creo que una de las mejores –si no la mejor- es "Imán" de Ramón Sender, que también fue soldado en Marruecos como tanta gente de su generación. Otra de las mejores novelas que he leído de las escritas en el siglo XX es "La forja de un rebelde" de Arturo Barea, que también fue soldado en Marruecos y que también contó parte de lo que vivió. Y hay otro libro, quizás más modesto pero igualmente valioso, de un tal José Díaz Fernández, que también fue soldado en Marruecos y también lo contó, y que se llama "El blocao". Esas novelas forman parte de mi formación como novelista. Cuando las leí, ya me había planteado ser escritor –ya estaba escribiendo mis primeros relatos-, y curiosamente todo confluyó a propósito de lo mismo, de Marruecos, tanto estas historias familiares como mi formación como novelista. A partir de ahí, resultaba inevitable que acabara escribiendo una novela sobre Marruecos, que rindiera homenaje, a la vez, a mi propio vínculo familiar con aquella guerra que vivió mi abuelo y a estos escritores.

Y aunque éste no sea el objeto de este acto, quisiera emplear unos minutos para reivindicar a estos escritores que asumieron el deber de comprometerse con la realidad que les rodeaba, que acabaron de un modo u otro en el exilio, en el destierro, y que además recientemente han sido atacados por algunos que les califican de escritores "poco valiosos". Quisiera defender a estos escritores porque me parece que son de los mejores escritores que hemos tenido en España en el siglo XX y que nos dieron una lección cuando escribieron que todavía es válida: escritores como Ramón Sender o como Arturo Barea nos enseñaron con lo que escribieron que una de las mejores sustancias con la que se puede escribir novelas es la realidad inmediata que nos rodea, con la vida, con las experiencias, con los sufrimientos, con todas las cosas que llenan la vida de las personas que tenemos a nuestro alrededor. Hay quienes llaman a esto con una etiqueta denigratoria: "realismo" y llaman a estos escritores "realistas". Yo, lejos de considerarlo un insulto, quisiera reivindicar el "realismo" de estos escritores. Sé que en gran medida pasaron de moda porque la literatura española posterior –en gran medida surgida de una época muy concreta- fue una literatura que hizo primar la retórica y un cierto esteticismo frente a ese valor de la literatura como reflejo crítico y comprometida de la realidad. Pero es que creo que, ahora que el siglo XX ha pasado entero, aquellos estetas han envejecido más y peor que estos humildes realistas que se dedicaron a contar lo que veían y a intentar mezclarse indisolublemente con esa realidad. Yo creo que al final se equivocaron los que quisieron ser aquello que Ortega y Gassett llamaba "aristócratas"de la cultura y la literatura. La pretensión de aristocracia creo que es un error en el escritor y, en gran medida, es una de las razones por las que el arte deja de tener vigencia en una sociedad y valor para la gente que vive en una sociedad. Esto no me lo he inventado yo, esto lo decía un señor inglés del siglo XIX, que se llamaba John Ruskin, quien decía que una de las grandes tragedias de la Edad Moderna era que se había producido un divorcio entre el arte y el pueblo; que el arte en la Edad Media era patrimonio popular (de todos y de cada uno), y con la sofisticación de la Edad Moderna y de los procesos posteriores había quedado secuestrado por unos sacerdotes que se pretendían dueños de un misterio y que se empeñaban precisamente en alejar el arte del pueblo, del común de la gente. Esto creo que es un error que al final sólo sirve para que los sacerdotes se consuelen ellos solos, pero también para que se queden fundamentalmente solos. Quiero reivindicar por tanto a esos escritores, su valor literario y el valor que tiene lo que escribieron más allá de la literatura. No me resisto a citar unas palabras de Ramón Sender que ponen muy en su contexto qué es lo que pretendió hacer, y que hago mías porque creo que esta es la mejor actitud para un novelista por encima de esa otra actitud retórica.


SUR, diario de Málaga. Noticias de Malaga
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